El corazón del siglo. Del nuestro

Por Enrique San Miguel Perez

El 19 de abril de 1967 fallecía Konrad Adenauer. Su presencia hoy nos exige convertir nuestra mirada histórica en una mirada hacia el futuro.

La Historia, y únicamente la Historia, puede medirse con él. Sin duda, porque la amaba profundamente. Porque cada decisión la adoptó desde su examen. Porque sabía que la Historia es la ciencia del futuro, es decir, la ciencia que nos permite conocer cómo nuestros mayores soñaron el mundo en el que nosotros habríamos de habitar. Y, por eso, asumiendo que un historiador no es ni debe ser un profeta, sabía también que al historiador se le podía exigir más que la mera agregación de hechos pretéritos. O, como dijo de él un gran historiador como Golo Mann, la maduración de una filosofía fuerte y sencilla. De un accionar público históricamente informado. Esa es la materia de la que se nutren los hombres de Estado.

Y Konrad Adenauer, que falleció hace hoy cincuenta años, el 19 de abril de 1967, fue un eminente hombre de Estado: canciller de la República Federal de Alemania entre 1949 y 1963, suscribió la Declaración del 9 de mayo de 1950 y el consiguiente Tratado de París del 18 de abril de 1951 que instituyó la Comunidad Europea del Carbón y del Acero, así como los Tratados de Roma de 25 de marzo de 1957 que crearon la Comunidad Económica Europea y la Comunidad Europea de la Energía Atómica.

Pero Adenauer nos exige hoy que nuestra mirada histórica se convierta en una mirada hacia el futuro. Que pensemos en el proyecto de Estado que él impulsó tras la II Guerra Mundial, es decir: en la protección integral de la vida y de la dignidad humana, la justicia y la libertad en una sociedad fraterna, abierta a una también fraterna relación entre los pueblos. Que sirvamos con especial dedicación a nuestros conciudadanos más vulnerables, débiles, frágiles o enfermos. Que hagamos de Europa la tierra de asilo y de la hospitalidad. Que no vacilemos en enfrentarnos con el populismo racista y xenófobo. Que, como decía Helmut Kohl de su maestro, sepamos obrar con realismo político y moral. Que, tal y como le recordaba Eduardo Frei Montalva, sepamos siempre reconocer en él a un visionario de estatura mundial. Que, como Golo Mann, no olvidemos al hombre escéptico y tierno. Al hombre que le dijo que sí a Robert Schuman, «con todo mi corazón». Un corazón que es ya el nuestro, igual que el siglo XXI es el suyo.

Enrique San Miguel Pérez

Doctor en Historia y en Derecho. Catedrático de Historia del Derecho y de las Instituciones, Universidad Rey Juan Carlos, Madrid

aparecido

Peru, 19 de abril de 2017