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Los retos del desarrollo humano frente a la pandemia

de Hugo Ñopo

Reflexiones en el marco del Seminario Online Conversaciones PolítiKAS realizado el 20 de agosto de 2020

Uno de los aprendizajes que nos deja esta pandemia es que tenemos enormes retos pendientes de desarrollo humano. Esto es algo que ya se venía señalando antes de la llegada del Covid-19, pero ahora ha cobrado mayor centralidad en la discusión de políticas. A continuación, presento algunos de los retos en tres grandes áreas: el trabajo, la educación, y el reto tecnológico y los hogares.

1. El trabajo

El virus llegó a una sociedad en la que el trabajo es altamente informal. La ausencia de un tejido laboral con una mejor red de protección social ha sido la primera limitante para permitir que el Estado ayude efectivamente a los hogares. Ya se ha mencionado en repetidas oportunidades que el 70% del empleo es informal. A continuación, propongo una mirada que va más allá del indicador agregado, para explorar lo que sucede a lo largo de la distribución de ingresos. No solamente la formalidad es privilegio de algunos pocos, sino que también esos pocos son los menos necesitados.

Entre las personas que viven en hogares por debajo de la línea de pobreza, los ingresos que provienen del trabajo formal son casi inexistentes. El trabajo informal explica poco menos de la mitad de los ingresos de esos hogares, pero la mayor parte de sus ingresos está explicada por transferencias públicas y privadas. Las transferencias públicas son, por ejemplo, donaciones que hace el gobierno central, regional o las municipalidades locales. Las transferencias privadas corresponden acciones de caridad de algunas entidades privadas u otros hogares (familiares o amigos); estos pueden venir del extranjero (remesas) o no.

En los hogares de ingresos medios la principal fuente de ingresos es el trabajo, pero especialmente el informal. Es solamente para los hogares de los dos deciles más altos de ingresos que el trabajo formal es la fuente más importante de ingresos. Tanto para los hogares de ingresos medios como para los de ingresos altos, el trabajo es la fuente de tres cuartas partes de los ingresos de los hogares. Esta es una medida muy clara de la importancia del trabajo para los hogares.

Así, en un contexto donde los hogares peruanos dependen del trabajo informal y el trabajo formal es básicamente para los hogares de ingresos más altos, la llegada del choque del coronavirus golpeó más fuerte a los hogares de ingresos medios y bajos. Nos tomó desprevenidos. No teníamos una adecuada red de protección social que pudiera amortiguar la caída de ingresos de los hogares frente al choque. Uno de los elementos básicos de lo que constituye una sólida economía social de mercado estaba ausente. Hoy estamos pagando esa factura.

La explicación más importante de la alta informalidad en el país está en el trabajo independiente. Antes de la pandemia, cerca de 40% de la PEA ocupada peruana trabajaba en esta categoría. Esta pandemia también ha afectado especialmente a este tipo de trabajadores. En una medida importante ellos no han sido despedidos de sus empleos pues no tiene empleador, pero sus posibilidades de trabajar desaparecieron, no había posibilidad de salgan a vender o proveer sus servicios. Su trabajo independiente desapareció en un primer momento, pero va a volver, pues no han sido despedidas. Para estos trabajadores, más allá de preguntarse si están empleados o no, es relevante preguntarse por su capacidad de generación de ingresos. Para eso, un indicador clave es cuánto dinero consiguen llevar a sus hogares en un mes. Este indicador nos muestra lo dramático de la situación. Antes de la pandemia, 85% de las mujeres y el 50% de los hombres llevaban a su casa menos de la Remuneración Mínima Vital (930 soles mensuales). Así de precario es el empleo que teníamos.

En un mercado de trabajo tan altamente informal y con autoempleo tan elevado, las estadísticas de desempleo tienen menor sentido que el que adquieren en las economías desarrolladas. Durante años o décadas hemos disfrutado del logro de tener bajo desempleo, pero esto no era una medida muy certera de lo que venía pasando en el mundo del trabajo.

El virus llega a una economía altamente informal, altamente independiente y con bajos ingresos. Esto es reflejo de una baja productividad laboral. Los bajos ingresos laborales de los autoempleados no son producto de una mala negociación entre un empelado y un empleador, ya que tal negociación no existe. En este contexto, uno de los elementos clave que debemos considerar para mejorar el bienestar de la población: empleos más productivos.

También es importante anotar que los mercados de trabajo venían transformándose. Una señal de ello es que el porcentaje de trabajadores con más de un empleo venia aumentando. Esto ha sido especialmente marcado entre los trabajadores de edad más productiva (entre los 30 y 45 años). Esta es una tendencia que probablemente se acentuará en la post-pandemia, ya que las personas van a tener más de un empleo en una economía que demorará en generar empleos.

Los jóvenes son el segmento más golpeado de la población. Las cifras de la Encuesta Permanente de Empleo (EPE) al mes de junio registraba una caída del 55% de los empleos en Lima Metropolitana. Esta cifra para los jóvenes menores de 24 años alcanza 67%. Dos de cada tres jóvenes han perdido su empleo. La cifra de julio muestra algo de recuperación, pero todavía es muy pequeña. Hay una tarea pendiente con el trabajo de los jóvenes. La misma encuesta de Lima (EPE) revela poca diferencia de género en la caída del empleo. La Encuesta Nacional de Hogares (ENAHO), en contraste, sí muestra algunas diferencias de género. Las mujeres han perdió más empleo que los hombres (alrededor de 10 puntos porcentuales).

La ENAHO también revela un patrón que llama mucho la atención. En las zonas rurales las cifras agregadas dan cuenta de poca pérdida de empleo en comparación con lo sucedido en las ciudades del país (incluyendo Lima). Esto podría indicar, por un lado, que el impacto económico de la crisis llegará con rezago a las zonas urbanas. Pero, por otro lado, una mirada a la categoría de trabajadores familiares no remunerados (TFNR) revela unos resultados interesantes para el análisis. El número de trabajadores en esa categoría ha crecido a nivel nacional. En contraste, el número de trabajadores en todas las otras categorías (empleadores, empleados del sector privado, empleados del sector público, y autoempleados) ha caído durante esta pandemia.

El número de TFNR hombres y jóvenes prácticamente se ha duplicado entre 2019 y 2020. Esto parece estar vinculado a un proceso de migración de retorno de trabajadores que estaban en Lima y fueron a zonas rurales. El lector recordará que, durante las primeras semanas de la pandemia, en ausencia de servicios de transporte, muchos compatriotas se fueron caminando, huyendo de la ciudad que no ofrecía posibilidades económicas. Es posible que muchos hayan pasado a trabajar para sus familias, pero de manera no remunerada. Estas cifras de poco impacto laboral en las zonas rurales pueden estar escondiendo algunas formas de trabajo precario. Se trata de un tema que merece ser analizado con mayor detenimiento.

 

2. Educación y tecnología

Ahora que estamos confinados, la tecnología juega un rol mucho más importante que antes, especialmente para adquirir contenidos educativos. En los últimos diez años hemos avanzado notablemente, aunque no todos por igual. El uso de Internet, por ejemplo, aumentó para los hogares de todos los deciles de ingresos, pero aumentó especialmente en los hogares de ingresos medios. Ahora bien, vale la pena anotar que no siempre el acceso al Internet se da dentro de la vivienda. Este es claramente el caso de los estudiantes, de secundaria y, especialmente, universitarios.

Entre los estudiantes universitario el acceso a Internet es alto para todos los niveles de ingresos y se encuentra alrededor del 90%. Pero, entre los jóvenes de menores ingresos, este acceso se da mayoritariamente fuera de la vivienda (colegio, cabina, amigos). El uso que se puede dar dentro del hogar sigue siendo extremadamente bajo. En los hogares más ricos, en contraste, hay acceso del 60% en el hogar.

La otra limitación que hay en los hogares es la tenencia de los dispositivos que permiten el acceso a internet. Anteriormente, las mediciones de tenencia de equipos de cómputo se preguntaban únicamente si en el hogar existía al menos un dispositivo. Hoy eso resulta insuficiente para el análisis. Ahora que estamos todos en casa, lo realmente importante es que existan suficientes dispositivos para todos los miembros del hogar. Las estadísticas indican que solo en la mitad de hogares peruanos hay suficientes dispositivos para todos los miembros del hogar de 12 años o más.

En resumidas cuentas, son muy pocos los hogares del país en los que hay acceso al Internet y, simultáneamente, suficientes dispositivos para que todos los miembros que requieran estudiar o teletrabajar (o ambas), puedan hacerlo ininterrumpidamente. De ahí, las historias recurrentes de madres, padres o estudiantes que han tenido que quedarse hasta altas horas para poder cumplir con sus deberes (laborales o académicos) guardan correlato con estos hallazgos que revela la Encuesta Nacional de Hogares (ENAHO)

 

3. Los hogares: estructura, activos y servicios.

Se nos pidió quedarnos en casa, se nos pidió seguir con un conjunto de protocolos y normas. Y uno de los más básicos es un protocolo de higiene: lavarnos las manos. Pero ese protocolo puede ser una realidad universal solo en los hogares más pudientes del país. En los segmentos más bajos de ingresos, aquellos que están debajo de la línea de pobreza, solo 1 de cada 3 hogares tiene acceso al agua potable en una red pública dentro de la vivienda. Se trata de una brecha grande, que implica limitaciones importantes para un conjunto amplio de hogares.

La estructura de los hogares también venia cambiando a ritmo muy veloz en las últimas dos décadas. Particularmente, ha aumentado muchísimo el número de hogares sin menores de edad en la vivienda. Otro de los segmentos de hogares en crecimiento es el de los monoparentales. De un total de poco más de 9 millones de hogares que hoy tiene el país, casi 3,5 millones son monoparentales. Dentro de los monoparentales 2/3 son de jefatura femenina y 1/3 de jefatura masculina. Estos enfrentan retos mayores que los que enfrenta los hogares biparentales pues las logísticas para abastecerse de algo tan básico como alimentos se hacen más difíciles.

En la misma línea, 1/5 de los hogares del país viven en condiciones lamentables de hacinamiento. Si el virus llega a un miembro del hogar, la probabilidad de contagio a los demás miembros del hogar es altísima. Ese es un vector de contagio muy importante en el marco de esta pandemia.

Aquí tres dimensiones del desarrollo de los hogares en los que se puede notar las limitaciones que enfrentamos para enfrentar la pandemia. Se puede ver que no estábamos tan bien preparados. Había que entender ese país que somos para poder enfrentar la pandemia. Lo que corresponde hacer ahora es corregir los rumbos, porque estas pandemias absolutas irrestrictas no son aplicables a nuestra realidad. En una sociedad tan informal como la nuestra no se puede esperar mucho cumplimiento de las reglas. Hay que reconocer también que ya no podemos seguir confinados en casa, porque hay que generar los ingresos para sobrevivir en el futuro. Pero necesitamos cuidarnos para el futuro. El trade-off planteado al inicio la salud y la economía, en realidad pasa a ser un trade-off entre sobrevivir en el presente y sobrevivir en el futuro. Así queda muy claro que no hay una dicotomía: uno quiere sobrevivir tanto en el presente como en el futuro. Necesitamos comprender que las soluciones para el binomio salud y economía que se importaron de otras realidades no son tan aplicables para la nuestra.

 

Diseñemos soluciones para nosotros. ¿Cómo? Incorporando la mayor cantidad posible de ciencia. Es la ciencia la que, a través de ensayos y errores, va poder identificar las mejores soluciones. Podemos aprender mucho de los errores, ya que son herramientas pedagógicas. Hay que usarlos para avanzar y no volver repetirlos. Eso sí, hay que aprender muy rápido sobre la marcha, porque cada error cuesta vidas. Tenemos que ser muy cautos. Tenemos que interiorizar también, que, si bien el mundo trabaja para una vacuna, esta no va a llegar pronto. Aquí vamos a pagar el costo de ser un país de ingresos medios, con limitado poder de negociación y capacidad de compra. Por eso, lamentablemente, seremos de los últimos en la fila de la distribución de la vacuna. Necesitamos interiorizar aprendizajes y diseñar mecanismos eficientes para convivir con la pandemia, preservando nuestras vidas en el presente y en el futuro.

Las opiniones expresadas en este documento son de exclusiva responsabilidad del autor y no necesariamente representan la opinión de la KAS Perú

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