Hablar del exilio nicaragüense nos obliga, antes que nada, a hablar de nosotros mismos. He visto durante años cómo construimos narrativas que, en lugar de unirnos, nos dividen: falsas dicotomías entre «los de adentro y los de afuera», o posturas fatalistas como aquella que sostiene que «toda la oposición está exiliada». Ambas, a la postre, solo benefician al régimen. Por eso quiero defender en estas páginas una idea sencilla pero a veces incómoda: el exilio es un actor imprescindible en la defensa de la democracia, en países donde –como el nuestro– retar al poder conlleva persecución, cárcel o muerte, pero no es –ni puede ser– autosuficiente. Su fuerza real no se mide por el reconocimiento que obtiene fuera –un error no poco frecuente–, sino por su capacidad de articularse con quienes resisten dentro del país. Esa es, a mi juicio, la diferencia entre un exilio que acompaña una transición y uno que se vuelve irrelevante para ella.
Por: Alexa Zamora
Defensora de derechos humanos, investigadora y activista nicaragüense. Su trabajo se enfoca en la democracia, el Estado de derecho, la represión transnacional y los movimientos prodemocráticos en el exilio. Fue forzada al exilio en 2021 y desnacionalizada por el régimen nicaragüense en 2023. Ha sido becaria Reagan-Fascell, Sakharov Fellow y Freedom Fellow. Actualmente investiga las dinámicas de represión transnacional y el activismo democrático en el exilio
Este artículo fue elaborado en el marco de una cooperación entre la Fundación Konrad Adenauer y Expediente Abierto. Las opiniones, análisis y conclusiones expresadas son de exclusiva responsabilidad del autor y no reflejan necesariamente la posición de la Fundación Konrad Adenauer ni de Expediente Abierto.