- Investigar y publicar ya no basta: el periodismo hoy también exige protegerse, construir redes y asumir la seguridad como parte del oficio
Por: Cynthia Briceño Obando
Periodista- PolítiKAS
Douglas Farah conoce los territorios donde el poder se mueve en la sombra. Fue corresponsal e investigador de The Washington Post durante más de quince años. Cubrió conflictos armados, narcotráfico en América Latina, redes criminales y comercio ilícito.
Hoy dedica buena parte de su trabajo a estudiar el crimen organizado transnacional, las operaciones de influencia, la gobernanza autoritaria y las formas en que las redes criminales penetran las instituciones democráticas.
Pablo Zeballos también viene de ese mundo donde la seguridad no se analiza desde la comodidad de los conceptos. Durante dos décadas fue oficial de Carabineros de Chile, catorce de esos años en inteligencia, trabajando temas de terrorismo internacional, crimen organizado transnacional y amenazas emergentes. Hoy investiga, asesora y escribe sobre seguridad pública, crimen organizado y democracia en América Latina.
Ambos estuvieron en Costa Rica como facilitadores del taller “Crimen organizado y autoritarismo”, organizado por la Fundación Konrad Adenauer, para compartir con periodistas e investigadores de Costa Rica, Panamá y Nicaragua sobre los riesgos actuales del periodismo de investigación, como representantes de Resilience Collaborative (www.resilience-collaborative.org)
Y su diagnóstico es claro: el periodismo investigativo atraviesa un momento especialmente frágil.
Informar bajo nuevas reglas
Quienes hacen periodismo aprendieron a insistir. A preguntar una vez, dos veces, diez veces. A incomodar cuando la respuesta oficial no alcanza y a publicar cada vez que sea necesario.
Sin embargo, las reglas del juego están cambiando. Hoy, en América Latina, informar sobre crimen organizado, corrupción, autoritarismo o deterioro democrático exige también aprender a protegerse. Farah lo planteó sin rodeos: “El periodismo está bajo ataque permanente, sin armas para responder, sin entrenamiento, sin pensar en cómo responder”.
El escenario combina nuevos actores criminales, democracias en retroceso, auge de populismos radicales de izquierda y de derecha, menosprecio por la libertad de expresión y una ciudadanía expuesta a la desinformación, la manipulación y la pérdida de confianza en las noticias.
El mundo criminal cambió. Y en ese proceso, una prensa investigativa e inquisitiva se vuelve incómoda.
Zeballos propone mirar más allá de las imágenes conocidas: la frontera, la droga, el contrabando, la violencia visible o la serie de televisión. “El crimen organizado actual, explica, no es una economía aislada ni una estructura cerrada. Es una red de economías ilícitas conectadas que necesitan ingresar sus ganancias al sistema formal. Y para lograrlo buscan contaminar instituciones, capturar espacios, modificar reglas y debilitar los controles democráticos.”
La presión contra el periodismo, entonces, no se limita a la bala, al seguimiento o a la amenaza directa. También se expresa en la deslegitimación pública, en la burla, en el insulto, en la negativa institucional a responder consultas y en el cierre silencioso del acceso a la información.
Para Farah, la creciente restricción a la prensa que se viene sintiendo en la región debe leerse como una señal de alerta para cualquier democracia: “Mucha de la información pública desapareció o desaparece”.
Y esa desaparición rara vez ocurre de golpe. Se instala poco a poco: en una consulta que no se responde, en una institución que deja de publicar datos, en una autoridad que desacredita a periodistas, en una audiencia que empieza a dudar de todo.
Menos protagonismo, más redes y más resiliencia
Frente a este escenario, surge una reflexión urgente para el oficio: el periodismo ya no puede ejercerse desde la lógica solitaria del reportero que busca la primicia a cualquier costo.
Farah recuerda que durante años la competencia entre medios marcó buena parte de la cultura periodística. Pero, en el contexto actual, esa lógica es insuficiente e incluso riesgosa. La seguridad, la verificación y la capacidad de sostener investigaciones complejas requieren cooperación y prácticas de seguridad individuales y compartidas.
Durante el taller, los especialistas insistieron en que el trabajo periodístico debe entenderse como un ciclo completo: antes, durante y después de una investigación. No basta con planificar una cobertura o publicar una historia. También hay que preguntarse qué ocurre después: cómo queda el periodista, qué riesgos se activan, qué tan expuesto queda frente a grupos de poder y qué medidas de sanidad digital, seguimiento y protección deben adoptarse para continuar trabajando.
Zeballos incluso fue más allá e invitó a los periodistas a volver al origen de su vocación:
“Piensen por un minuto en silencio por qué decidieron ser periodistas. Y después pregúntense si siguen siendo fieles a sus principios”.
La interrogante conecta con el fondo del taller y la conversación planteada: el periodismo sigue siendo necesario, quizá más necesario que nunca, pero requiere nuevas herramientas, nuevas alianzas y una comprensión más profunda del territorio, de las comunidades y de los riesgos democráticos que se acumulan en la región
Escuche nuestra conversación completa con Pablo Zeballos y Douglas Farah de Resilience Collaborative en PolítiKAS.